martes, 18 de febrero de 2014

George Eliot

(Arbury Farm, Astley 1819-Londres, 1880).


-  Seudónimo de Mary Ann o Marian Evans, novelista inglesa cuyos libros, de una profunda sensibilidad y retratos certeros de las vidas sencillas, le otorgaron un puesto relevante en la literatura del siglo XIX. Su fama fue internacional y su obra influyó en gran medida en el desarrollo del naturalismo francés. George Eliot nació en Chilvers Coton (Warwickshire), hija de un agente inmobiliario. Estudió en la escuela local de Nuneaton y después en un internado de Coventry. A los 17 años, tras la muerte de su madre y el matrimonio de su hermana mayor, regresó a casa para cuidar a su padre. A partir de entonces fue autodidacta. Una estricta educación religiosa presidió su juventud, recibida ante la insistencia de su padre. En 1841 empezó a leer obras racionalistas que la impulsaron a rebelarse contra la religión dogmática y durante toda su vida fue racionalista. Su primer trabajo literario, que le ocupó de 1844 a 1846, fue la traducción de Vida de Jesús (1835-1836) del teólogo alemán David Strauss. En 1851 viajó durante dos años por Europa y a su regreso escribió reseñas de libros para la revista Westminster Review. Más tarde fue subdirectora de la revista, trabajo que la puso en contacto con las principales figuras literarias de la época, como Harriet Martineau, John Stuart Mill, James Froude, Herbert Spencer y George Lewes. Conocer a Lewes, filósofo, científico y crítico, fue uno de los acontecimientos más importantes de su vida. Se enamoraron y decidieron vivir juntos a pesar de que Lewes estaba casado y no podía divorciarse. Sin embargo, Eliot consideró su larga y feliz relación con Lewes como un matrimonio. Continuó escribiendo reseñas y artículos para revistas, así como traducciones del alemán. En 1856, alentada por Lewes, empezó a escribir novelas. A su primer relato, Amos Barton, publicado en Blackwood's Magazine en enero de 1857, siguieron otros dos en el mismo año, que aparecieron después reunidos en un libro con el título de Escenas de la vida clerical (1858). Lo firmó con el seudónimo de George Eliot y mantuvo en secreto su identidad durante muchos años. Entre sus obras más famosas se encuentran Adam Bede (1859), El molino junto al Floss (1860) y Silas Marner (1861). Son novelas que tratan de la región de Warwickshire y en gran parte están basadas en su propia vida. Sus viajes por Italia inspiraron su novela siguiente, Romola (1863), una novela histórica sobre el predicador y reformador Girolamo Savonarola y la Florencia del siglo XV. Comenzada en 1861, apareció por entregas en The Cornhill Magazine antes de publicarse en 1863. Después de terminar Romola, escribió dos destacadas novelas, Felix Holt, el Radical (1866), sobre la política inglesa, y Middlemarch(1872), que trata de la vida y responsabilidades morales de la clase media inglesa en una ciudad de provincias. Daniel Deronda (1876) es una novela en la que ataca el antisemitismo y simpatiza con el nacionalismo judío; Las impresiones de Theophrastus Such (1879) es un libro de ensayos. Su poesía, considerada muy inferior a su prosa, incluye La gitana española (1868), un drama en verso inspirado en su visita a España en 1867; Agatha(1869) y La leyenda de Jubal y otros poemas (1874). Eliot fue admirada por contemporáneos como Emily Dickinson y escritores posteriores como Virginia Woolf, y actualmente ha suscitado una crítica feminista favorable. Escribió sus obras más importantes animada y protegida por Lewes, que le impidió ver las críticas desfavorables a sus libros. Después de su muerte en 1878 ella se retiró y dejó de escribir. En mayo de 1880 se casó con John Cross, un banquero estadounidense que había sido amigo suyo y de Lewes durante mucho tiempo y sería su primer biógrafo, pero ella murió en Londres siete meses después.  

- El Floss se ensancha en una amplia llanura y entre riberas verdes se apresura hacia el mar, donde la amorosa marea corre a su encuentro y lo frena con un impetuoso abrazo. Esta poderosa corriente arrastra los barcos negros-cargados de aromáticas tablas de abeto, redondos sacos de semillas oleaginosas o del oscuro brillo del carbón-hacia la población de Saint Ogg´s, que muestra sus viejos tejados rojos y acanalados y los amplios frontones de sus muelles, extendidos entre la baja colina boscosa y la orilla del río, y tiñe el agua con un suave matiz púrpura bajo los efímeros rayos del sol de febrero. A lo lejos, en ambas riberas se despliegan ricos pastos y franjas de tierra oscura, preparadas para la siembra de plantas latifoliadas o teñidas ya con las briznas del trigo sembrado en otoño. Del año anterior, quedan algunos vestigios de los dorados panales, amontonados aquí y allá tras los setos tachonados de árboles: los lejanos barcos parecen alzar los mástiles y tender las velas de color pardo hasta las ramas frondosas de los fresnos. Junto al pueblo de rojos tejados afluye en el Floss la viva corriente del Ripple. ¡Qué precioso es este riachuelo, con sus ondas oscuras y cambiantes! Mientras paseo por la orilla y escucho su voz queda y plácida, me parece un compañero vivo, como si fuera la voz de una persona sorda y querida. Recuerdo los grandes sauces sumergidos en el agua... y el puente de piedra...
Y ahí está el molino de Dorlcote. Debo detenerme un par de minutos en el puente para contemplarlo, aunque las nubes amenazan lluvia y cae la tarde. Incluso en esta estación desnuda de finales de febrero, ofrece un aspecto agradable: tal vez la estación fría y húmeda añada encanto a esta casa cuidada y cómoda, tan vieja como los olmos y castaños que la protegen de los vientos del norte.
Ahora el río baja lleno, cubre gran parte de la pequeña plantación de sauces y casi anega la franja herbosa del terreno situado en la casa. Mientras contemplo el río crecido, la hierba de color intenso, el delicado y brillante polvo verdoso que suaviza el contorno de los grandes troncos que brillan bajo las ramas purpúreas y desnudas, soy consciente de que amo esta humedad y envidio a los patos blancos que sumergen profundamente la cabeza entre los sauces, indiferentes al extraño aspecto que ofrecen al mundo seco que se alza por encima de ellos.
El bullicio del agua y el bramido del molino producen una sutil sordera que parece acentuar la paz de la escena. Son como una gran cortina sonora que aísla del mundo. Y, de repente, se oye el retumbar del enorme carromato que vuelve a casa cargado con sacos de grano. El honrado carretero piensa en la cena, que a estas horas tardías estará resecándose en el horno; pero no la tocará hasta después de haber alimentado a los caballos, animales fuertes y sumisos de ojos mansos que, imagino, lo miran con suave reproche desde detrás de las anteojeras por haber restallado el látigo de un modo tan terrible, ¡cómo si les hiciera falta! Observa, lector, cómo tensan los lomos al subir la cuesta hacia el puente con redoblado esfuerzo porque están ya cerca de casa. Mira las hirsutas e imponentes patas que parecen asir la tierra firme, la fuerza paciente de las cervices, dobladas bajo las pesadas colleras, y los poderosos músculos de las combativas grupas. Me gustaría oírlos relinchar ante el alimento ganado con esfuerzo y verlos, con las cervices liberadas de los arreos, hundir los ansiosos ollares en el estanque embarrado. Ahora están en el puente, lo bajan con paso más rápido y el arco del toldo del carromato desaparece en un recodo tras los árboles. 
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El molino de Floss (fragmento)



- “Los animales son buenos amigos , no hacen preguntas y tampoco critican”

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